Dicen que el ser humano es el único animal que tropieza con la misma piedra. No queda duda.
Durante mucho tiempo él creció con ansias de ser un adulto, sin considerar que la propia naturaleza se encargaría de ello. Este deseo se gestó mirando a hermanos, andando en bicicleta y tomando leche con chocolate (al parecer). A finales de sus 23 años pensó que estaba grande, pero sólo resultó ver en el espejo a un niño con bigote.
El niño se vistió como adulto, trabajó como adulto, se preocupó como adulto y gruñó como adulto. El niño quería hacer todas las cosas bien, sin cometer errores, y a costa de su empecinado orgullo, terminó olvidando algo trascendental: ser joven. Errar es humano, pero él siempre creyó estar un escalafón arriba respecto al resto, seguro de que sabía todo para no copiar los errores del resto.
Para ser un adulto íntegro y seguro, sabía que debía ir a la universidad y tener nuevos amigos y conocimientos que le dieran un cimiento sólido para pavimentar su sueño de adultez e independencia. Comenzó a estudiar y conoció el amor Se maravilló con una mujer a su lado, con su dulzura, sus besos, caricias, conversaciones y experiencias que le hicieron sentir importante y fue feliz. No obstante, recordó su objetivo de niñez y pensó que debía conquistarlo sólo.
Estiraba la mano queriendo tocar las estrellas, creía que trabajando pronto se convertiría en adulto y todo lo que pareciera ser un obstáculo o una distracción, había que alejarlo.
Se quedó sólo, perdiendo la alegría, amigos, compañeros, familia y amor. La estrella llamada independencia que quería alcanzar, seguía a la misma distancia y su brazo comenzó a dar señas de cansancio. Intentaron advertirle que era sólo un niño que podía equivocarse y vivir miles de cosas antes de conseguir su sueño. Pero él no escuchó y sólo se aprovechó de quienes lo querían, sin darse cuenta del daño que provocaba.
Ella fue quien más lo intentó. Su sacrificio le costó varias heridas que la han hecho fuerte, fuerte y feliz, porque sabía que había que subir paso a paso por la escalera al cielo. Hoy está varios peldaños arriba y alcanzarla ya no es tan fácil como antes.
La vida le recriminaría al niño por su orgullo y lo castigó hasta las lágrimas. Tendría que ver en su mente una y otra vez las patéticas imágenes de sus constantes errores, del estúpido traje de adulto con el que se cubrió durante años.
Tropezó una y otra vez con la misma piedra, culpando al resto de su incapacidad, cuando era él quien debía hacer el cambio y dejar de engañarse: era un niño que necesitaba ser joven antes de un adulto, que podía alcanzar su sueño en compañía.
continúa...